Ceder cuando tienes razón (o no)

No es fácil ponerse de acuerdo sobre todo cuando no lo estás. Cuando tienes la sensación de tener razón no piensas en ceder un solo milímetro de tu postura. Eres fuerte.

Hay momentos en la vida donde quieres ponerte firme. No vas a retroceder. No piensas moverte un solo milímetro de tu postura. ¿Por qué? Muy fácil. Pues por qué el otro tampoco se mueve. Es entonces cuando empiezas a darte cuenta que es mejor ceder. Sobre todo en estas situaciones:

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Cuanto te equivocas.

Cuanto tengas razón.

Cuando no tengas nada que perder.

Cuando no tengas nada que ganar.

Cuando no te convenga.

Cuando todos ganan.

Hay momentos donde es mejor ceder que insistir. No es más fuerte el que más resista sino el que mejor sea capaz de adaptarse. No se trata de encajar sino de poner atrás sus propios intereses a favor de algo más importante que uno mismo. Eso es ceder.

  1. He de decir que soy un negociador lamentable. Y lo soy porque, cuando yo me establezco en una postura, ya estoy pensando en la otra persona. Sin ir más lejos, la traducción de mis libros. Al 50%, sin negociación. O lo tomas o lo dejas. Claro, lo toman, porque la base de partida ya es más que justo.

    Hace dos días me llamaron de un banco para que me abriese una cuenta corriente. Les hice una pregunta: “¿Qué gano yo al abrir una cuenta corriente con vosotros?”. En ese momento te explican maravillosas condiciones de líneas de crédito y seguros de tarjetas.
    ” No, no, señorita, le estoy preguntando específocamente cuánto me vais a dar por llevar mi dinero a vuestro banco”. Largas, por supuesto.
    No hay nada que ceder. Porque no hay discusión posible, ni un punto de entendimiento mutuo. Ni nada comparable que gane el uno del otro.

    Para ceder, ambos han de sacar del acuerdo medio un beneficio tal que, de intercambiarse los roles, ambos estuviesen de acuerdo.

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