Por qué no puedes ser siempre un jefe agradable

Ayer fue un jefe cabrón. No me hizo sentir bien pero fue necesario. En ocasiones las cosas no se transmiten de mejor forma.

Cuando llevas una empresa y tienes una familia con hijos pequeños sientes mucho paralelismo. En ambos casos la educación es clave. Suena mal pero es real. Necesitas establecer ciertas reglas, rutinas y conductas. Tienes que ser paciente y comprensible en ambos casos. En ocasiones te enfadas y mucho. No lo puedes evitar o al menos yo no lo puedo evitar del todo. Lo malo es esto. Después de momentos de enfado las cosas mejoran. Te hacen caso.

Y hay momentos donde palabras bonitas con un tono agradable no son suficientes. No lo son porque ya lo has hecho de diferentes formas en más de una ocasión. Pero no ha funcionado. No te han hecho caso. Por x-razones. Porque no querían, porque no te han entendido, porque no han compartido tu criterio o lo que sea.

Y de repente la paciencia se acaba y con ello el tono también. Hay que ser más claro todavía. Al grano y sin adornos. Porque al final la responsabilidad es mía de todo esto. Para mal al 100%, para bien será un logro de equipo y eso es bueno así.

Cuando las cosas se tuercen y no queda margen hay que ser claro. Esto implica que alguien se molestará por lo que dices. Es un riesgo pero no hacerlo también lo es. El tiempo no se puede recuperar y en ocasiones cada minuto cuenta. Cuando es el caso tengo que ser un jefe cabrón. Por el bien de la empresa y porque no soy un jefe suficientemente bueno para haber logrado el mismo resultado de buenas formas. Tengo mucho que mejorar. Soy consciente. Nunca es tarde, lo haré mejor la próxima vez.

Stay tuned.

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